10.10.18

-"Te quiero desnuda", me dijo. Y tímidamente empecé a desabrocharme el primer botón de la camisa.
Me frenó.
-"No, no. Desnuda de verdades. La ropa después." Tragué mezcla de saliva y miedo.
Me senté en el piso. Y hablé. Se lo dije todo.
-"Te admiro", me dijo.
-"Admiralo a Román, boludo, yo hice lo que tenía que hacer"
Me dijo que me perdonaba. Que me perdonaba todo desde antes de que yo hubiese empezado a hablar.
Me sacó la camisa. Y me besó las cicatrices. Las de la piel. Las del alma. 

25.9.18

Que te encuentres. Que sea como sea, quizás en un grito de gol del club de tus pasiones, ese por el que sentís todo y más.
Que te encuentres en tus propios gestos, "esto es muy mío", que te reconozcas. Que te encuentres en cualquier momento, tal vez en un viaje en bondi por el barrio.
Que te encuentres en una bronca, en algo que te molesta, que te duele. Que internalices el dolor, lo entiendas, y lo resignifiques.
Que te encuentres en ese lugar en el que te encontrabas de chico, en la plaza, en la esquina, en el cantero donde parabas con los pibes.
Que te encuentres en la música, en una frase, en la voz de Cerati.
Que te encuentres incluso en lo que te trasciende, en lo que no depende de vos. En lo que te hace reír una y mil veces.
Que te encuentres en la forma de mirarte de ese otro que te hace sentir completamente genuino y en paz. En todas las historias, en todos los amores, en las cicatrices, en todos y cada uno de los pasados de tu presente.
Que te encuentres en lo más efímero: el café de la mañana todavía medio apagada, una sonrisa de un desconocido por la calle, un bar en el que te sentís en casa, una foto en la billetera. Un beso, un recuerdo, un después.
Que te encuentres en los abrazos de esos amigos que te llenan el alma de profunda felicidad.
Que te encuentres. Y que siempre te puedas volver a buscar.

4.8.18

Suena El Kuelgue y se vuela el tiempo, 
vuela entre mi pelo y ese olor a cerveza inagotable.
Sumo sueños, los colecciono, frasquitos con frases 
de utopías irrealizables (y las que no).
Y ahí estás! Siempre, siempre, 
del otro lado de las vías del tren. A lo sumo, en otro andén.
Y corro libre, siempre corro libre, 
hasta donde me lleve tu voz. 
Te obedecí hasta donde pude, mi geniecito amor,
voy a volver cada vez.
Voy a volver otra vez. 
Se ilumina el espejo y veo en mi reflejo
los años, el cansancio, las anécdotas de bar. 
El amor más enorme que jamás pude imaginar,
llenándome el pecho, abriéndomelo en dos.

15.7.18

Atardece. Enciendo un cigarrillo. Se me eriza la piel: siento que voy a escribirte lo más hermoso que haya escrito alguna vez. 
Tal vez porque nunca me sentí tan hermosa como hoy, envuelta en vos. 
¿Sentís eso? ¿Podés sentirlo? Todo, todo se siente tanto más (¿qué fumamos?)
Siento que siento la sangre que me corre por las venas, su temperatura. Siento que siento las lágrimas de mis ojos, mis pies en el piso de tu habitación. Siento que siento el gusto de la cerveza que acabo de tomar, todavía. Me siento a mí misma, en plena conciencia, te siento tanto, nunca sentí así, ¿sentís? 
Sonreís. Me encandilo. No puedo esperar. 
El amor del bueno es como una droga. Una vez que te convidan no hay vuelta atrás.
Necesito que atardezca una y mil veces más. 

30.6.18

Me voy a ir bien:
con la cabeza en alto,
como lo merece el jugador que se va 
del terreno de juego 
sabiendo que dejó todo en el mismo.
Me retiro con la dignidad efervescente,
la que brilla, la que quema,
la de mi sonrisa en el espejo del cuarto de paso 
mientras te escuchaba mentirme
desde el cuarto de al lado.
Mirá si me habrá sobrado tiempo de irme!
Que me senté a esperar a que me eches vos. 
Eso también me enorgullece:
fue disfrutar hasta el último segundo,
aún intuyendo el final.